martes, 30 de agosto de 2016

Una 'Rosa' en el Huáscar

Guía al Huáscar hacia la luz y aleja la arrogancia de sus victorias, hazlo fuerte frente a sus enemigos y deja que surque el mar tan sólo una vez más, pues las correrías de este buque son la esperanza de todo un pueblo…

Recuerdo que poco antes del combate en Iquique del 21 de mayo de 1879 eso fue lo que me dijo. Yo no le respondí, tan solo lo miré y pude ver en su rostro el temor del fracaso, el miedo en sus palabras pero la entereza para soportarlas.

¡No temas Miguel! ¡Ánimo! Las correrías de tu buque aún no terminan, tienes un compromiso con todos nosotros y debes cumplir, sé que tienes miedo pero tu deber está por encima de todo, hasta el temor a la muerte. Prometiste no regresar al Callao si no traes el triunfo,  ¿recuerdas?, el Huáscar sigue su curso y espera tus órdenes, le dije.

Miguel se despide de mí con una reverencia, se coloca su gorra de almirante, toma su espada y antes de retirarse de su camarote prende una vela y la deja junto a mi imagen. Recuerdo nunca haberle dicho que estaría con él, recuerdo que le prometí que no estaría a bordo del Huáscar por mucho tiempo. Escucharía sus ruegos, ¡sí!, pero no calmaría dudas. Caminaría por la cubierta de su buque, mirando a cada tripulante observando su dedicación y amor por una causa, recordando sus rostros pero sin mencionarles si quiera susurrarles palabra alguna.

Al término del combate y mientras la Esmeralda se hundía cada vez más en el océano, me fuiste agradecido. Adjudicaste mi victoria a mi fuerza. ¡No, Miguel! No fue mi fuerza, sino la fuerza del espolón que destruyó el buque rival. Recuerdo que pensaste en mí cuando tus enemigos se ahogaban, estuve en el bote que mandaste para salvarlos. ¡Sí Miguel! yo recuerdo todo.  

Tras la captura del transporte Rímac te acercaste a mí y me diste las gracias. Supe que esa pequeña victoria fue importante no solo para ti, sino para el Perú. Nunca fuiste arrogante y en todo momento fuiste humilde y agradecido. Yo solamente sonreía mientras te despedías, nuevamente con tu amable y cálida reverencia.

Una vela que estuvo siempre encendida fue mi acompañante, un buque de metal llamado Huáscar fue el tuyo. Quise entender el porqué de ese respeto y admiración de cada tripulante hacia ti, así que me tomé la molestia de ver en cada uno de sus corazones. ¡Tú eras el Huáscar Miguel! , no había dudas de eso.

Cada victoria del Huáscar era celebrada en Lima, era tanta tu influencia que el Perú ya te daba por héroe. ¿Qué respondes a eso Miguel? ”Si todos los héroes fuesen como yo, declaro que no hay héroes en el mundo”, te escuché una vez decir.

Era una tranquila noche en el Huáscar, las olas rompían suaves en el casco del monitor, la brisa refrescaba las caras de los pocos que quedaban aún en cubierta, cuando te veo escribir una carta. Tu esposa y tus hijos nublan tu mente Miguel, pese a tener tareas por hacer te das un tiempo para ellos, y aunque estés muy lejos de casa, la educación de tus hijos es tu principal preocupación. De algunas cartas que le enviaste a Dolores recuerdo una escrita en mayo en la que mencionaste que eras infeliz.
Imagen sacada del libro "El Corresponsal
del Huáscar", de Luis Enrique Cam

Miguel, ahora en setiembre, ¿piensas lo mismo? El Huáscar con todo en su contra sigue navegando firme y tus enemigos se desesperan cada vez más, supiste mantenerlos donde querías y los llevaste al límite y así ¿eres infeliz? No importa cuántas victorias tenga el Huáscar, ni cuanto mérito te den por ello, si no ves a tu familia tu desdicha es cada vez más grande.

Recuerdo que de un puerto tuviste la delicadeza de comprarme algunas flores y pidiéndome perdón porque no conseguiste una rosa hiciste tu amable reverencia. Esperé a que salieras de tu camarote para sonreír. Me tomé la molestia de salir de la imagen para tomar las flores y olerlas.

Como olvidar el día en que el mar estaba embravecido y mientras tratabas de encender mi vela te quemaste la mano y se te escapó una mala palabra, te arrodillaste y me pediste mil perdones, ¿lo recuerdas? Por si fuera poco, como el mar azotaba fuertemente al Huáscar, al momento de hacer tu reverencia tambaleaste y te golpeaste duramente la cabeza con la mesita donde yo reposaba. No sabes la risa que me dio verte salir de la habitación sobándote la cabeza.

Es octubre de 1879 y como presagiando el fin me pides fuerzas, sabías bien que no te las daría pero sin embargo fuiste agradecido. Pediste por tu tripulación pero sabías que mi tiempo en este buque terminó. Suplicaste que no olvidara sus rostros, te disculpaste por si pensabas que en algún momento me ofendiste. Traté de consolarte Miguel, pero no pude.

Era la mañana del 8 de octubre de 1879, traté de quedarme un momento más pero no podía. El cañoneo empezó y las balas traspasaban tu camarote. Miguel, no tuviste tiempo de decirme adiós. Te despediste de Diego Ferré con un apretón de manos. Salí de la imagen y vi como las balas atravesaban mi figura. Mientras me alejaba vi como el Huáscar sucumbía ante sus enemigos en un terrible escenario. Sangre peruana se derramaba en cubierta y yo solamente atiné a marcharme.

Recuerdo que Lima me culpó por no ayudar, recuerdo que algunos se apartaron de mí y me alejaron de sus oraciones o pensamientos. Dónde estuve se preguntaban muchos, qué hacía mientras el Huáscar era destrozado. Solamente me quedó llorar.

Recuerdo cuando Miguel me hizo prometer que velara por su familia y la familia de sus tripulantes, me hizo prometer que si uno sobrevivía estaría con él. Cuando Miguel me preguntó si moriría, yo le respondí que sí. Por eso me hizo jurar que no me quede en el Huáscar, que permanezca con sus hijos, con su esposa, dándoles fuerzas. Miguel me hizo prometer que llegado el momento abandone el buque y me quede con todos aquellos que creyeron en un país mejor y aunque nunca me regaló esa rosa que tanto quería, me hizo entender del porqué no debo abandonar la esperanza en el Perú cada vez que vea una “rosa de Lima”, sembrada en cualquier jardín como esperando a ser contemplada.

Luego del combate recuerdo haber regresado, a pesar de saber que Miguel estaba muerto, tenía la vaga idea de encontrarlo con vida. El Huáscar estaba destruido, reducido a lo que alguna vez fue. Moribundos quejándose de dolor pero a mi paso cambiaban sus llantos por una pequeñísima sonrisa. Todo terminó, les dije, ya pueden descansar valientes tripulantes de este viejo buque y antes de dejarlos partir les hice recordar que ellos son el Huáscar.

Algunos historiadores cuentan que luego de la guerra muchos me culparon, pues yo era la fuerza del Perú, sin saber que en todo momento surqué con Miguel Grau los mares a bordo del Huáscar y aprendí a su lado a respetar sus deseos.      

Rosa de Lima, guía al Huáscar hacia la luz y aleja la arrogancia de sus victorias, hazlo fuerte frente a sus enemigos y deja que surque el mar tan sólo una vez más, pues las correrías de este buque son la esperanza de todo un pueblo... Eso fue lo que Miguel Grau me dijo alguna vez.


Colaboración: Instituto de Estudios Históricos del Pacífico


viernes, 19 de agosto de 2016

Chullo, testigo mudo de una masacre

La tranquilidad de mi pueblito se rompe con la llegada de caballos, un señor con un sable brillante como el sol nos reúne a todos, advirtiéndonos que la guerra se nos viene. El enemigo que ya estaba en nuestro país llegaría a la sierra y quemaría nuestras casas si no vamos a Lima, nos insinuó. ¡Regístrense! ¡Es nuestro deber defender la patria!, nos dijo el extraño visitante.


Tomé mis cosas y todo lo necesario para sobrevivir. Me despido de mi esposa, sabíamos que si nos abrazábamos romperíamos en llanto. Hasta siempre mi chola, le dije únicamente con la mirada, mientras ella no dejaba de acariciarme el rostro. ¿Van a venir señores malos papá?, me pregunta mi hijo. ¡Sí, mi niño!, le respondí. 


La línea de San Juan era mi destino, tenía que defender la capital. Nunca había salido de mi pueblo, el simple hecho de coger ese palo grande que arroja balas y mucha bulla me da miedo. ¿Qué será de mi familia si la muerte me lleva? ¿Qué harán si el invasor llega a nuestro pueblo?


¡Cuídate y vuelve pronto!, me dijo mi chola mientras me veía caminar a lo lejos. Me alejé pensando en cómo sería la guerra, qué tipo de gente es la que tendríamos que asesinar, qué aspecto tendrá aquel que viene a quitarnos lo que es nuestro. Pero sobre todo, ¿estamos preparados para matar?


Una lágrima moja mi cara entumecida por la pena y el miedo. Algunos amigos se despiden de sus familiares entre fuertes gritos. Todos marchaban con un único deseo: “regresar vivos”. 


¡Papá, espera!, me grita mi wawa a lo lejos. Mi hijo corre desesperadamente con algo entre sus manos, traté de darle el alcance pero él tropieza y cae al piso fuertemente. El llanto de mi mujer se mezcla con el mío, ambos corrimos en su ayuda. Cada paso se me hacía largo, por un momento sentí que nunca lo alcanzaría. Mi niño estaba inmóvil en el suelo, mientras que yo trataba de correr lo más que podía. Mi chola fue la primera llegar al lugar donde él estaba, verla tratar de reanimar a mi pequeño fue más que conmovedor.


Yo no sabía qué hacer ni qué decir, tan solo atiné a observar, tomar su mano tibia era el único consuelo que le podía ofrecer. El terror se había apoderado de mí. ¡Vamos wawita!, le decía mientras él se movía a duras penas. Mi esposa cambió su rostro conmocionado por una hermosa sonrisa y mientras que mi pequeño se iba recuperando yo lo abracé.


Cuántas veces te he dicho que no corras, le dije. ¡Tendrás frío en las noches, por eso corrí para darte mi chullo!, me respondió. Al sujetar la prenda, mi wawa recupera el aliento y me dice: ¡Póntelo!


Era tan pequeño, traté de ponérmelo pero no me entraba en la cabeza. ¡Si fueras menos cabezón te quedaría perfecto!, me dijo mi chola con una tierna sonrisa. Por un segundo todos callamos, luego, nos echamos juntos a reír. Fue el momento más hermoso que había vivido. Todo mi pueblo se apura al llamado de San Juan, mientras que yo me tomé un tiempito más para estar con mi familia.


¡Iremos a donde tú vayas, pero no nos dejes!, me dijo mi mujer. ¡Ah! ¡Pero qué chola terca! ¡Será peligroso!, le dije, y como toda campesina aguerrida marchó junto con mi wawa al campo de batalla.


Chullo hallado en San Juan (Parte de la colección del INEHPA)
Horas antes de aquel 13 de enero de 1881, ya cuando la línea defensiva estaba establecida, me acosté en mi trinchera colocando el chullo de mi wawita cerca de mi pecho e hice una plegaria.


Pedí por las vidas de los que estábamos aquí, por la felicidad de mi chola y el futuro de mi niño. Por si fuera poco, pedí por la suerte de este chullo. No quería que de morir yo aquí en el arenal, pudiera perderse en el olvido sin contar lo que yo viví.


Llegado el momento de la verdad, el invasor rompió nuestras líneas y llegó hasta donde estábamos. Sosteniendo fuertemente mi fusil y ya sin balas, busco la embestida con ese cuchillo largo que aquí los limeños llaman bayoneta. Al intentar atacar recibo un fuerte impacto en la panza, pensé que algo me había picado, un dolor quemante empiezo a sentir. Saqué el chullo de entre mi uniforme para que no se manchara de sangre y al tratar de mirarlo, un culatazo a la altura de la nuca me provoca una estrepitosa caída.


Mi chola, con el coraje de una rabona, corre con mi niño en brazos a mi rescate: ¡No lo mate por favor! ¡Tenga piedad señor!, le dijo al soldado invasor, mientras mi wawita trataba de abrazarme.


¡Vete de aquí chola terca!, le grité. ¡Huye!, no dejaba de repetirle. Ella no me escuchó, mi voz se iba apagando y la sangre que me salía por la boca ahogaba mis palabras. En ese momento mi mujer intenta sostener el fusil de mi enemigo en un vano intento por salvarme. Tras varios insultos del invasor, ella recibe un disparo en la cabeza. Mi niño lloraba, su pequeño rostro se iba bañando con la sangre de su mamita, el invasor pensando que ya no había nada más qué hacer intenta escapar, no sin antes silenciar el llanto de mi wawita con un feroz culatazo.


Yo no podía ni llorar, era tan fuerte lo que vi que no podía ni moverme, traté de gritar el nombre de mi chola y de mi wawa, pero la sangre que me salía por la boca era demasiada. Solo me arrastré sosteniendo fuertemente el chullito de mi hijo y antes de respirar por última vez intenté abrazarlos, pero el destino quiso que muriera sin ponerles si quiera un dedo encima, estuve a pocos centímetros de llegar a ellos pero San Juan fue el lugar donde el chullito de mi wawita fue el único recuerdo que pudimos dejar...


Colaboración: Instituto de Estudios Históricos del Pacífico.

Bibliografía: "La gesta de Lima", Ejército del Perú.

jueves, 4 de agosto de 2016

La esencia de Cristóbal

¡Estoy harto de la fotografía! Tal vez no sea lo mío. Para qué capturar una imagen que no muestra más que un objeto y no un sentimiento, me dije. Esta carrera no muestra en realidad lo que quiero, además, no creo tener talento. Se necesita pasión para atrapar la esencia de una foto y no sé si la tenga.

Camino por el centro de Lima buscando una imagen, escultura o algo que me hiciera aprobar ese bendito curso para la universidad, pero nada más. Al fin y al cabo, si apruebo la materia pueda olvidar todo esto y pueda pensar en si debo continuar la carrera. Caminando por el Paseo Colón me topo con una estatua, cuya imagen pertenece al mítico Cristóbal Colón. Sucio, desarreglado y olvidado, el monumento divide la avenida entre vehículos y bulla.

¡Quizás esta estatua sea la que me ayude a aprobar el curso! Y sin más que decidir, saqué mi cámara y con algo de desgano le tomé una foto.  Llegando a la universidad todos mis amigos enseñaban sus fotografías, cada uno orgulloso de lo que había retratado. Todos hablaban de la “esencia” de sus imágenes y precisamente era eso lo que yo ni en la mochila tenía.

Aves de vistosos colores, paisajes y bellas casonas, eran algunas de las hermosas fotos que mis amigos habían tomado. Todos se felicitaban unos a otros, hasta que llegó la pregunta que no quise que me preguntaran: ¿y tú, qué foto tomaste?   

Enseñé pues la imagen de Cristóbal Colón y ¡sí!, lo admito, fui la burla de la clase. Bromas como “no había algo mejorcito” o “mejor era una foto con tu cara”, no se hicieron esperar. Estaba molesto, de milagro y aguanté todos los chistes sin proferir queja alguna. ¡Fue mi culpa!, tal vez un pajarito era la mejor opción, pero para mi mala suerte ninguna avecilla de vivos colores se me atravesó. Solamente feos y enormes gallinazos rondaban en las alturas o en los techos de casas viejas.   

Saliendo de la universidad y antes que finalizara el día, cogí la fotografía del monumento y me dirigí al Paseo Colón. Cruzo la pista desesperadamente y tras arrugar la foto, la arrojé fuerte a la estatua, tratando de atinarle a la cara del navegante. Era la única manera que tenía de desquitarme con la figura. ¡Se acabó! ¡No soy fotógrafo! ¡Nunca lo fui! La gente me miraba como cuestionándome o descifrando algún desorden mental que pudiese padecer.

Dándole el último vistazo a la estatua se acerca un anciano con una vieja cámara fotográfica, de esas con rollos. Sin pronunciar palabra alguna se toma el tiempo de retratar la figura de Colón, ante las burlas de la gente que no dudaba en criticar su labor y su cámara. ¿No se defenderá de tantas mentiras?, le pregunté. ”Una mentira se vuelve verdad solamente si el hombre la cree”, me respondió y continuó fotografiando y buscando un mejor ángulo.

Vi que le acomodaste un’ papelazo’ a la cara de Colón, me dijo. Y recogiendo la foto que tiré me preguntó: ¿tú la tomaste? Al responderle afirmativamente, el viejo continuó diciendo que “era buena pero que podría ser mejor”.

¡Sí, claro! ¡Búrlese usted también!, le repliqué. No me he burlado, te dije que era una buena foto, es sólo que le falta “esencia”, explicó. ¡Esencia! ¡Bah!, la palabra que más odio, le comenté. ¿Y Dónde encuentro esa esencia de la que usted menciona?, pregunté. Ahh, eso lo debes descubrir por ti mismo. Para encontrar la palabra que odias debes entrar en la foto y conocer lo que hay detrás de la imagen, me aconsejó. Y metiendo la mano a su bolso, el veterano me enseña unas fotos viejas que él había tomado del mismo monumento, en años anteriores.

Asombroso, era la misma estatua, en la misma avenida, sin embargo los enfoques y sensaciones que reflejaba eran distintos. Cada foto tenía vida propia. Cómo era posible que siendo una estatua de mármol tan fría y sucia podía reflejar tantas emociones. Es imposible, ya jamás podría tomar fotos así, concluí.

Todo es posible en la medida que creas que es posible, me dijo el viejo. Nunca fui un fotógrafo profesional pero jamás dejé que nadie se metiera en mi pasión. Por eso, cada vez que puedo salgo con esta camarita vieja a buscar historias, no imágenes. Este antiguo monumento es mi favorito y cada vez que vengo aquí siempre busco fotografiarlo, continuó.

¿No me crees? Compara una de mis fotos con la que le tiraste al buen Cristóbal, verás que no son diferentes. Busca la pasión de la historia que se esconde detrás de la figura y capturarás la esencia, me dijo el viejo mientras se marchaba.

Regresé a casa pensando en la conversación que tuve con aquel anciano. Cada palabra que él dijo había calado el alma, logrando obtener ese empujoncito que todo mundo necesita cuando algo no sale bien.

Tras varias trasnochadas y ‘comiendo’ algunos libros pude encontrar lo que guarda la imagen del buen Cristóbal. Descubrí que el monumento fue inaugurado el 11 de agosto de 1860, siendo una de las figuras más antiguas de Lima, siendo el propio Mariscal Ramón Castilla quien lo reveló.

Archivo fotográfico (Colección INEHPA)
Pero, ¿es realmente la posición original del monumento? ¿Siempre estuvo en el Paseo Colón? El descubridor de América no siempre estuvo ahí, su primer alojamiento fue frente a la puerta sol de la plaza de Acho y su escultor fue el italiano Salvatore Rivelli. También tuvo una fugaz permanencia en la Plaza Italia, se le retiró para dar paso al monumento de Antonio Raymondi. Posteriormente, la estatua del navegante fue trasladada a la avenida 9 de Diciembre, lugar que actualmente lo ocupa el monumento a Miguel Grau. Su reposo final es el lugar que todos conocemos y les apuesto que nadie lo volverá a mover de ahí, por el simple hecho de que nadie se da cuenta que está ahí.

Era increíble, es sólo una simple figura de mármol pero encierra una historia exquisita de la Lima de antaño, de esa Lima que estoy seguro que muchos extrañamos. Conflictos internos, guerras civiles y hasta una invasión por parte de la ‘Estrella Solitaria’ presenció.

Los días pasan y el examen final estaba cerca, la tensión del resultado que dictaminaría si lo lograría o no, era cada vez más grande. Sin embargo, grande también fue mi interés por ese monumento, no lo sabía, pero poco a poco iba conociendo la esencia de la que el viejo me había comentado. Recuerdo que horas antes de la presentación me acerqué al Paseo Colón y ¿qué creen? Ahí estaba el anciano, tomando fotos al monumento otra vez.

Al pretender cruzar la pista para conversar con él, pude notar la paciencia y el tiempo que se tomaba en buscar un mejor lugar para una buena foto. La pasión no se enseña, se contagia. Se contagia observando, escuchando y haciendo, pensé. El tráfico era intenso, no me permitía llegar al viejo, cuando esperé que pasará el último autobús el señor había desaparecido.

Llegué al pie de la estatua y miré a todas partes y no lo pude encontrar. Lo que sí encontré fue un papelito de esos de boleto de combi pegado al monumento: "la esencia eres tú", decía. Y con letra más pequeña un posdata que se leía: "no olvides tirar este papel al bote de basura". Con una sonrisa decidí conservar el boleto e ir a presentar mi trabajo.

Recuerdo haber hecho la exposición de mi vida y tras mostrar la foto que tomé, logré cautivar hasta a los compañeros que se burlaban, No conseguí la nota máxima, trece fue la calificación que me dieron y pese a no estar contento estuve conforme. Tal vez no obtuve un veinte pero sentí que encontré mi camino y la esencia para seguir con optimismo.

Nunca me di cuenta o tal vez nunca lo pensé, pero el monumento a Cristóbal Colón era igual a mí. Había pasado penurias, presenció lo mejor y lo peor de las personas y aunque sé que es tan sólo una estatua de mármol podemos deducir el valor que tiene. Únicamente y al igual que yo, necesita ese empujoncito para volver a brillar. 

Al pasar algunos años, me permitieron ingresar al archivo fotográfico de un museo y grande fue mi sorpresa al descubrir un grabado muy antiguo de la imagen del navegante. En ese momento saqué de mi bolsillo ese boleto de combi que me dejó el viejo, volví a leer lo que escribió y al momento de sostener el papel, este se deshizo. "La esencia eres tú" y recordé cuando el buen Cristóbal navegó en los temores y sueños de un joven estudiante de fotografía que volvió a creer en lo que hacía. 

Nunca más volví a ver al veterano señor y a su vieja cámara, pero aprendí que sin la esencia de una estatua o de un fotógrafo, la pasión por la historia jamás tendría luz propia.  

Colaboración: Instituto de Estudios históricos del Pacífico.

Bibliografía: "Historia y odisea de monumentos escultóricos conmemorativos", José  Antonio Gamarra Puertas. (Colección bibliográfica del INEHPA) 
  


viernes, 29 de julio de 2016

Ruraq Maki: todo el Perú en un único lugar

El Instituto de Estudios Históricos del Pacífico (INEHPA) visitó la feria de arte tradicional peruano conocido como Ruraq Maki, ubicado en Ministerio de Cultura. En esta exposición pudimos recorrer el Perú en un solo lugar. Diversos productos hechos a mano fueron la principal atracción causando gran impresión en propios y extraños.

En este recorrido encontramos hermosos retablos ayacuchanos, así como también cerámicas, textiles y hasta sabrosos panes provenientes de Arequipa. Sin embargo, entre tanta maravilla hubieron algunos objetos que nos llamaron poderosamente la atención, además de las increíbles historias de personas que se esconden detrás de sus productos y son las causantes de que su arte cobre un misticismo característico y vida propia.

Marco Reymundo
Marco Reymundo quien es de Huancavelica, lleva con orgullo el escudo nacional en la mayoría de sus textiles. Él nos comentó que llevar los símbolos patrios en sus prendas es un honor tan grande que le es imposible describir con palabras. Cada vez que mostraba alguno de sus productos lo hacía con un cariño especial, sin embargo, cuando le pedimos ver los objetos que tenían el escudo del Perú, el rostro de Marco nos regaló una alegría digna de resaltar. Una linda chalina y una hermosa manta son sus máximos orgullos. ¿Por qué? Pues porque el árbol de la quina, la vicuña y la cornucopia se muestran en su arte. Por si fuera poco, Marco ofrece al público chullos, guantes, manteles y hasta llaveros decorados con vistosos colores.


Tiodoro Pacco
Así como Marco, pudimos conocer también al buen Tiodoro Pacco Choque proveniente de Puno, quien es un experto confeccionador de textiles. Uno de sus objetos más solicitados es una enorme manta con el escudo nacional. Tiodoro nos cuenta que estos productos son los que más se venden, ya que son del agrado de muchos turistas que no dudan en adquirirlos. Para este talentoso artesano textil no tener en sus creaciones algún símbolo patrio es no darle vida a su arte. Por tal motivo, se empeña en dar a conocer nuestra identidad.

Las mujeres no se quedan atrás, sin ellas la alegría de la feria no estaría completa. Por ello, tienen un importante rol en el Ruraq Maki. Su talento en el manejo de bordados y tejidos son las máximas atracciones y le dan ese toque acogedor y cálido que una exposición como esta necesita.

Lucila Sifuentes
Es así como conocimos a Lucila Sifuentes Valderrama nacida en Huamachuco y su principal aporte: un hermoso morral con el escudo peruano nos cautivó de principio a fin. Este producto es uno de los preferidos del público, si usted tiene pensado ir al Ruraq Maki para verlo, le sugerimos que vaya lo antes posible porque estos lindos morrales salen como 'pan caliente'. Los bolsos no se quedan atrás pues el símbolo patrio resalta a la vista. Cuando le consultamos si el escudo en sus bordados es tan sólo por motivos de fiestas patrias ella nos respondió tajantemente que no. Pues nos narra que al Perú se le recuerda siempre y no únicamente en fechas específicas.


Carmen Vargas
Asimismo, Carmen Vargas Castillo de Huancavelica, nos muestra el orgullo de ser peruana por medio de un lindo bordado con el escudo nacional en su sombrero, para ella la identidad de nuestro país está por encima de todo y nos lo hace ver en sus confecciones. Ella elabora tejidos como: chalinas, guantes, gorras, chompas de alpaca y ovino con crochet y palitos. 

Como ven, la feria Ruraq Maki ofrece productos para todos los gustos y recuerden que que va hasta el 31 de julio de 10 de la mañana hasta las 7 de la noche en el Ministerio de Cultura, el ingreso es libre. 


Don tomás Pilco y una pasión hecha con fuerte madera

El Ruraq Maki una feria artesanal que por diez años ha mostrado al Perú su propia identidad, reveló al Instituto de Estudios históricos del Pacífico toda  su mágica alegría y fervor patrio. Por tal motivo, fuimos recibidos con los brazos abiertos, mostrándonos cada uno de sus encantos. Cada puesto de artesanía era una historia diferente, contado por sus propios protagonistas que no dudan en regalarnos una cálida sonrisa.

Admirando y conociendo sus variados productos nos llamó la atención un amable cusqueño, quien es un experto tallador de madera. Con él, descubrimos algunos elementos relacionados a la "Guerra del Guano y el Salitre", que fueron indispensables para abastecer a nuestros soldados de recursos alimenticios.

Don Tomás Pilco se ha convertido en un maestro en el tallado de madera y nos muestra sus cucharas que son muy similares a las que utilizaban las tropas peruanas para alimentarse, durante la defensa de nuestro país. Él nos comenta que su pasión nació desde que veía a otras personas elaborar sus impresiones en madera. "Mucha paciencia y práctica", nos dice que se necesita para imprimir el arte que lo caracteriza. Sin pensarlo, nos dimos cuenta que la historia que contamos  de  los dos hermanitos que no gustaban de la comida de mamá en “Mi cuchara favorita”, el amable tallador la había hecho realidad.


Pero don Tomás nos indica que cucharas no es lo único que sabe hacer, por eso nos muestra su gran variedad de productos en madera: vasos, tazas, copas, keros y platos son algunos objetos que él ha realizado. Con tan sólo un cuchillo traza con cariño sus expresiones, mostrándonos el aprecio por lo que hace.

Si desean conocerlo los invitamos al Ruraq Maki ubicado en el Ministerio de Cultura de 10 de la mañana a 7 de la noche hasta el 31 de julio. No pierdan esta gran oportunidad de verlo, el ingreso es libre. Y si desean adquirir sus productos también pueden llamarlo a los teléfonos: 983 047 005 / 984 554 974.

  

martes, 7 de junio de 2016

El morro que defendimos con la fuerza de un fusil

5 de junio, 1880. Eran las siete de la mañana cuando el enemigo llegó a nuestra plaza, vendado con un pañuelo común de bolsillo, todos lo miramos sin expresar palabra alguna, venía montado en un caballo y a galope lento. Todo era silencio, el único sonido que se podía oír resonar era el andar del corcel. Algunos miraban al invasor con indiferencia, otros como yo, con odio, ya bastante sangre se había derramado para que ahora nos toque a nosotros. Era el mayor del grueso ejército invasor, José de la Cruz Salvo, quien se acercaba tras cubrírsele los ojos a parlamentar rendición.

“Señor, el general en jefe del ejército de Chile, deseoso de evitar un inútil derramamiento de sangre, después de haber vencido en Tacna al ejército aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones conocemos”, dijo el emisario enemigo. 

“Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré quemando el último cartucho”, contrapuso Bolognesi.

“Entonces mi misión está cumplida, dijo el emisario, levantándose del sofá en el que mi viejo coronel le invitó a descansar.

“Lo que he dicho a usted es mi opinión personal, pero debo consultar a los jefes y a las dos de la tarde mandaré mi respuesta al cuartel general chileno”, dijo el peruano.

Esa respuesta era inadmisible para Salvo, quien con voz tajante se opuso: “No, señor comandante. Esa demora está prevista, porque la situación en que respectivamente nos hallamos, una hora puede decidir la suerte de esta plaza, Me retiro”.

“Dígnese usted aguardar un instante”, insistió mi coronel. “Voy a hacer la consulta aquí mismo y en presencia suya”. Agitó entonces una campanilla y ordenó a un ayudante llamar a consejo a todos los jefes.

Mientras los oficiales llegaban, estaban sentados los dos durante algunos minutos, Salvo y Bolognesi, uno al frente del otro. ¿Qué se habrán dicho? Cuán larga habrá sido esa espera para el chileno y qué tan corta era para el viejo peruano, cuyas preocupaciones por la llegada de refuerzos que al final nunca llegaron lo agobiaban y eran la diferencia entre la victoria o la aniquilación. 

"Golpes de campana trágica", así mi coronel describió la situación en una carta. Poco a poco los jefes llegaron a la sala. El primero en ingresar fue Juan Guillermo More, vestido de civil en señal de luto por haber perdido nuestro más poderoso buque, el Independencia. A pesar de la indiferencia de una nación, él está aquí dispuesto a pagar el naufragio con su vida. En seguida llegó el humilde millonario Alfonso Ugarte, el honrado y modesto José Joaquín Inclán, el viejo y valiente Justo Arias y Aragüez, los coroneles Marcelino Varela, Ricardo O´Donovan y Mariano Bustamente, el jovencito y querido amigo Ramón Zavala, el argentino que vino a pelear por el Perú Roque Sáenz Peña, el capitán del monitor Manco Cápac José Sánchez Lagomarsino, entre otros.   

Bolognesi no tardó mucho en hacer la consulta a todos los oficiales y cuando el coronel había decidido pelear, More se levanta y dijo: “Esa es también mi opinión”, seguido por los demás oficiales. “Decidle a vuestro general que me siento orgulloso de mis jefes, que la guarnición de Arica no se rinde”, sentenció el viejo soldado. Ahí tuvo su respuesta, el emisario chileno cumplió su misión.  

7 de junio de 1880. Una extraña pero apacible calma se rompe por el primer ataque del día, el cerco apretaba y el enemigo iba rodeándonos cada vez más. Estamos siendo acorralados, mi Batallón Iquique sale en busca del enemigo, corrí con todas mis fuerzas pero mi fusil era pesado, mientras buscaba posición para efectuar disparos más certeros, maldecía mi suerte por sentir que estábamos solos. El miedo me corría por las venas, había escuchado entre el regimiento que el enemigo tenía 6 mil hombres, ¡6 mil!, nosotros a duras penas éramos 1,600. El zumbido de las balas rozando mi cabeza se volvía cada vez insoportable, ¡aguanta!, me decía, ¡no te levantes!
Fusil Remington Rolling Block, parte de la colección del INEHPA.

“Apure Leiva, todavía es posible hacer estrago en el enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el último sacrificio”, fue el último mensaje que mi viejo coronel Bolognesi le escribió desesperadamente a los refuerzos que se encontraban acuartelados en Arequipa, deben estar aquí, con ellos sé que podremos resistir, ¡yo se los juro!

Busqué y miré a todos lados, pero el Coronel Segundo Leiva y sus hombres nunca llegaron, mi latente luz de esperanza se iba apagando cada vez más y para peor de los males algunas minas que colocamos en todo el morro nunca detonaron. Pude ver como algunos de mis compañeros corrían y nos los culpo y los que estaban deseosos de morir por el sueño de todo un país eran masacrados. ¡No te levantes!, me decía despacito, ¡no te levantes más!

Ver a mi humilde millonario Alfonso Ugarte tomar el pabellón de mi Batallón Iquique y seguir en la lucha arengando y gritando, me dio esa fuerza necesaria para tomar una bala de mi bolsillo y continuar con los disparos. La coloqué en mi fusil Remington Rolling Block y al jalar el gatillo mi arma se trabó. Tuve que esperar a que mi compañero de al lado muera para tomar su arma y seguir peleando.

Observar el avance de los chilenos subiendo al morro, al último baluarte peruano después de una reñidísima refriega y ver a mis tan queridos amigos siendo pasados a cuchillo era desgarrador. Pero ahí en el medio estaba mi coronel Bolognesi, quien decidió de corazón sucumbir antes que poner una rodilla al suelo. No pude aguantar más y cargué a bayoneta al centro, quería huir, pero la fuerza animosa de Ugarte me hizo llegar al fuego nutrido. Al llegar, vi al jefe del batallón Granaderos de Tacna, el viejo y querido Justo Arias y Aragüez siendo rodeado por el enemigo. ¡Ríndase coronel!, le dijo el adversario. ¡No me rindo carajo, viva el Perú!, se opuso el peruano. Su respuesta fue contestada con siete heridas de bala y dos de bayoneta. El digno Arias y Aragüez, cae para no levantarse más. Ya el Fuerte del Este había sucumbido también, las baterías del coronel José Joaquín Inclán, comandante general de la 7ª división peruana, no soportó el embate, y él y sus hombres murieron.

El Teniente Coronel Ramón Zavala, jefe del batallón Tarapacá Nº 23, murió allá arriba en el morro y el argentino Roque Sáenz Peña fue herido en el brazo y tomado prisionero. Ver caer con honor a Juan Guillermo More, aquel que la patria no perdonó por perder el Independencia, redimirse y venir a morir con orgullo al lado de Bolognesi fue indescriptible, imposible relatar con palabras.

No puedo recordar si logré dispararle a alguien, solamente recuerdo que mientras levantaba mi fusil, para acertar un golpe de bayoneta, un estridente ruido me explotó en el pecho y mientras enterraba las rodillas en el arenal vi como remataban a mi viejo Coronel Bolognesi de un culatazo. El atento y digno señor dejó Arica para siempre. Mi humilde millonario Ugarte se lanzó del morro con el pabellón en la mano. Poco antes del asalto a nuestra plaza, me enteré que él había organizado un almuerzo para ratificar el juramento de morir antes que abandonar el sitio. Fue alcalde de Iquique y parte su fortuna la utilizó para la compra armas. Desobedeció a su madre cuando ella le ordenó que huya a Europa y se case con su prima, a quien dejó por defender el morro. 

Ya no queda nada, Arica es tomada por el enemigo, únicamente me queda recostarme en el suelo y esperar que la muerte haga su trabajo, la vida me abandona y la sangre tibia que alguna vez me dio la vida, hoy me deja para simplemente mojar el arenal…


Colaboración: Instituto de Estudios Históricos del Pacífico.

Bibliografía: "El Coronel Alfonso Ugarte", Geraldo Arosemena Garland. (Colección bibliográfica del INEHPA)




sábado, 21 de mayo de 2016

Huáscar, un monitor tan pequeño que cabe en el corazón de todo un pueblo

Pasaron muchos años desde que la guerra con 'la Estrella Solitaria' había concluido con resultados catastróficos para el Perú, sin embargo, supimos salir a flote y restablecer la tranquilidad en casi todo el país. Lima había recuperado su majestuosa ciudad antaño y poco a poco sus casonas, balcones, calles y pasajes volvían a tener esa imponente clase merecedora del paso de reyes.

Jamás había disfrutado tanto de Lima como cuando era niño, ese frío de invierno y esas mañanas oscuras como a la espera de los primeros rayos solares eran hermosas. El silencio se rompía por el paso de vehículos y de algunas carretas. Así era la capital de 1930, moderna e histórica a la vez, jamás el pasado y el futuro estaban tan unidos como los años en los que viví. 

Mi infancia con cada día que pasaba iba terminando, sin embargo, no me cansaba de escuchar todas las noches y antes de dormir, los relatos de mi padre sobre un monitor legendario y su valiente comandante. Cada noche escuchaba atentamente lo que papá tenía que decir: ¡Miguel y el bravo Huáscar!, así empezaban sus historias.

Ni en el colegio prestaba tanta atención como a mi padre, siempre Miguel y el bravo Huáscar, eran sus gritos, hasta mamá tenía que pedirle que se callara para no molestar a algún vecino quisquilloso. Tuvieron que pasar muchas historias para darme cuenta que el bravo Huáscar era un monitor, ya que mi padre me juraba que tenía vida propia. ¡Es el alma de todo un pueblo!, me explicaba. ¡Un monitor a la medida!, me decía. Y cuando le preguntaba por Miguel, papá sentenciaba: ¡Era la sangre de lo que significaba ser peruano!

Cada noche era una hazaña, cada momento del relato era una aventura, las correrías del Huáscar empezaban y no había sueño o cansancio que me hiciera perder un juramento o una promesa de Miguel. Nunca lo conocí, es más, ni una sola foto vi de él, pero lo admiraba y quería como si fuera parte de la familia. 

Recuerdo que mi padre guardaba en su armario un sable y que un día lo saqué para jugar. ¡Soy el valiente Miguel!, decía, mientras lo alzaba y blandía sin temor. De pronto, una estatuilla que no entendió que yo era el valiente Miguel, cae al suelo producto de un sablazo, rompiéndose en varios pedazos. Así como el adorno, un florero tampoco entendió mi valentía y se acostó en el piso quebrándose en trozos pequeños.

No sabía qué decir o qué hacer, traté desesperadamente de ocultar a los cobardes caídos que no resistieron el poder de mi sable y a esconder el arma de vuelta en el armario de mi padre. Al colocarlo en su lugar, encontré una caja cerrada con un pequeño candado, al momento de sostener el objeto en mis manos mi padre entra y ve el desorden. El susto de su presencia me hizo soltar la caja que cayó estrepitosamente.

Trozo de plancha y remache del Monitor Huáscar. Parte de la
colección del INEHPA.
Papá se enfadó tanto por lo ocurrido que hizo despertar mi rebeldía. Mis gritos tan solo daban fe que mi niñez terminó y el orgullo propio de la adolescencia sacó lo peor de mí. No soporté los regaños de mi padre y no dejaba de responderle. Cuando creí que la discusión no podía llegar más lejos, papá me advirtió que de ahora en adelante no habrían más relatos de Miguel y el Huáscar por las noches. Advertencia a la que aún más furioso respondí: ¡Mejor, porque tú no eres ni la sombra de él!

Aquella noche jamás me sentí tan vacío y solo. Papá no entró a mi recamara para empezar gritando al viento: ¡Miguel y el bravo Huáscar! Mi madre tampoco llegó a decirme si quiera buenas noches, solamente se dedicaba a atender a mi padre que sufría desde hace un tiempo una severa enfermedad respiratoria. 

Toda la noche y mientras yo meditaba lo sucedido, mi padre no dejaba de toser y quejarse. Ignoraba por completo que en la mañana la vida me daría una terrible lección. Era 8 de octubre y hacía más frío que de costumbre. Papá estaba internado en el hospital, mamá lloraba desconsoladamente y yo tan solo podía mirar, sin decir palabra alguna.

Jamás me despedí de él, jamás pudo contarme el desenlace de Miguel y el bravo Huáscar. Estuve quieto, mudo, muerto en vida. Sin embargo, el entierro de papá fue especial. La Marina de Guerra se hizo presente para darle una gran ceremonia. Gente que nunca había visto o conocido se acercaban al féretro para dejarle flores y decirle: ¡valiente marino!

Uno de los presentes nos recuerda que era  8 de octubre, día del célebre Combate de Angamos, en el que el bravo Huáscar se enfrentó a todo el poderío naval enemigo. No lo sabía, ignoraba por completo aquel suceso, mi padre nunca pudo contarme esa historia, tal vez, se estaba reservando para este día, día en el que murió.

Un contralmirante empieza a aclamar uno a uno a los tripulantes del Huáscar que estuvieron presentes en el Combate de Angamos 8 de octubre de 1879, uno de los aclamados fue Miguel Grau, de quien por fin supe su apellido, otro de esos valientes fue mi padre. ¡Sí!, mi padre. Nunca me lo dijo, ni siquiera me lo mencionó. Se despidieron de él como uno de los últimos sobrevivientes de aquel mítico y bravo monitor, y yo no lo sabía.

Mamá se me acerca entre lágrimas y me da un fuerte abrazo, tú llevarás la sangre del Huáscar de ahora en adelante, me dijo. ¿Cómo? le respondí. Entonces mi madre entre sus atuendos saca la caja que yo había dejado caer al suelo. Al abrirla, un pedacito del bravo monitor se deja ver con una foto de mi padre al lado de Miguel Grau y una notita que decía: 8 de octubre de 1879, el Huáscar sigue navegando firme en el corazón de todo un pueblo, en especial en ti...       

Colaboración: Instituto de Estudios Históricos del Pacífico