sábado, 9 de enero de 2016

Un fusil peruano que disparaba lágrimas

Estoy en la Rinconada y hace instantes me acaban de enseñar como disparar este fusil de origen francés, me es complicado maniobrarlo y creo que hasta ya olvidé los pasos correctos para cargarlo y efectuar mi primer disparo. Fusil Minié le dicen, manipularlo se vuelve una triste odisea.  

Fusil peruano Minié tenía un alcance de 400 metros
Hacer un disparo me toma casi un minuto, cuatro tiros como máximo para el más experto de nuestros soldados. Cuatrocientos metros es el alcance máximo de este fusil y sus balas son punta de plomo y cartucho de papel.

No me considero ducho en el arte de las armas pero no se necesita ser muy listo como para saber que estos fusiles declarados como obsoletos en 1866, se comparen con los rifles enemigos cuya tecnología es de última generación.

Fusil chileno Gras tenía un alcance de 1,200 metros
Chile contaba con fusiles Gras que son también franceses y su capacidad de tiro era de doce disparos por minuto, teniendo un alcance de mil doscientos metros. Sin que sea usted matemático puede concluir que para neutralizar un rifle enemigo se necesitan tres de los nuestros.

Como si no tuviéramos ya suficiente no todos teníamos estas armas, algunos se atrincheraban sin nada más que los puños para defenderse. Viendo estas condiciones si alguno quisiera dejar su trinchera y huir nadie se lo iba a reprochar, pues la defensa aquí es improvisada y únicamente queda guarecernos y esperar lo mejor.

Daría lo que fuera por unos zapatos, las ojotas no me protegen del todo y el arenal caliente causa heridas lacerantes en mis pies. El verano aquí es insoportable, sólo cuando el sudor moja nuestra piel se convierte en el mejor remedio.

Pertenecemos al batallón Pachacamac y ya es 9 de enero de 1881, el destino ha decidido que este suelo limeño sea escenario del primer embate. Si tienes las manos vacías sígueme, tal vez cuando muera puedas tomar mi fusil y seguir resistiendo.

viernes, 8 de enero de 2016

Rinconada: Un combate hecho para toros

¡Estamos solos!, fue la respuesta de un poblador de la Rinconada. La llegada del enemigo es inminente y nuestro poco más de trescientos soldados que son solamente hacendados y vecinos de la zona armados con fusiles Minié y algunos cañones, llevarán el peso de enfrentar a los chilenos por primera vez en suelo limeño.

Mi entrenamiento con este rifle de origen francés fue rápido, a duras penas y entendía como oprimir el gatillo, nunca antes había disparado un arma, ni mucho menos asesinado a un ser humano. ¡No tienes otra opción!, me dijo el coronel a cargo Mariano Vargas, ¡Son ellos o nosotros!, sentenció.

La madrugada del 9 de enero de 1881 se me hizo la más larga de todas, no podía dormir y no dejaba de mirar mi fusil como tratando de asimilar la idea de tener que matar para sobrevivir. Las huestes chilenas están en Lima y desatarán el infierno en cualquier momento, cada bocanada de aire que llega a mis pulmones tiene más valor, jamás había apreciado tanto las cosas simples.

Había escuchado decir entre los oficiales a cargo que el arma francesa que portamos es obsoleta, y que se le había dado de baja en ese país. En 1866 este fusil dejó de ser efectivo y hoy es nuestra defensa principal, me guste o no deberé confiarle mi vida.

Fusil Minié, desarrollado en 1849 en Francia y utilizado en la Rinconada
Los chilenos comenzarán a explorar los accesos y alrededores de Lima y se aventuran cada vez a llegar más lejos. Mi coronel Vargas dispuso defender el cerro Vásquez colocando nuestra artillería, mientras que el comandante de la división chilena Orozimbo Barbosa dispuso mil doscientos soldados en Pampa Grande (actualmente la Planicie).

La historia cuando es olvidada suele repetirse y esta regla hoy no fue la excepción. Al igual que Bolognesi previo a la batalla de Arica, mi comandante Vargas una semana antes enviaba varios comunicados pidiendo armamento y personal que ayude con los preparativos para una probable resistencia. Lamentablemente todas estas solicitudes nunca fueron atendidas.

El día comienza a mostrar sus primeros brillos y una compañía chilena abre fuego sobre nosotros, solamente pudimos resistir dos horas antes que nos flanquearan, No teníamos otra alternativa, teníamos que retirarnos. El comandante Barboza hace avanzar a su reserva con el fin de evitar que nos reagrupemos para buscar una contraofensiva, sin embargo, nuestros refuerzos de caballería comandados por Millán Murga ya están llegando y defenderán nuestro repliegue. 

300 toros de lidia fueron liberados por el coronel Miranda, provocando
         una estampida que originó la retirada del ejército chileno.
Cuenta la tradición, que hasta toros de lidia pelearon por nosotros, un batallón taurino se hizo presente y a manera de estampida provocaron también la retirada chilena.

Terminado el combate yo quedé en silencio, no puedo negar que la idea de resistir y defender Lima no es tan descabellada, pero este primer ataque fue para probar nuestras fortalezas, el segundo ataque probará nuestras debilidades. Espero que San Juan, Chorrillos, Barranco y Miraflores estén listos.


Hoy es 9 de enero y el combate de la Rinconada fue el inicio del fin. Solamente nos queda rezar y estar al altura del combate, pues a pesar de tener tantas dificultades algo me susurra en el oído y me dice fervientemente que esta guerra aún la podemos ganar...    

miércoles, 6 de enero de 2016

Conversando con un 'brujo'

Amarrándome la zapatilla en el parque Reducto de Miraflores se me acercó un viejo con traje de gala muy antiguo y un sable brillante como el sol. Disculpe joven, me dijo, ¿por qué este hermoso parque está vacío?, ¿por qué no hay niños jugando?

Algo incómodo con la pregunta respondí: Caballero, a veces algunas familias traen a sus niños a jugar, pero sabe, esto es un campo santo, aquí debería prohibírseles la entrada, no puedes jugar donde aquí han muerto cientos pero cientos de peruanos. En este lugar se llevó acabo la batalla más encarnizada que se conoce, porque aquí no cayeron militares, aquí cayeron estudiantes y profesores de San Marcos, jóvenes, ancianos y hasta niños. Todos civiles, ni un militar.

Perdone que insista joven, aquí debería siempre haber niños jugando, me dijo de forma enérgica. ¿Quién es usted señor? le pregunté ya molesto. ¿Cómo, no sabes quién soy yo? Hablas y escribes siempre de mí y ¿no me reconoces? Es cierto, aquí cayó la reserva, civiles comandados en este reducto por el digno abogado Ramón Ribeyro, sé que tuvo un nieto escritor, nunca lo conocí personalmente, pero me hubiese gustado leer sus cuentos.

Hoy es 15 de enero y no veo al vecino miraflorino flameando una bandera peruana, me comentó. ¿Bandera peruana? ¿Acaso estamos 28 de julio? pregunté con sarcasmo. Me dijiste con tus historias conocer el pasado y ya olvidaste que pasó en el lugar donde pones tus pies, me respondió. Este es un reducto de los diez que hicimos para defender Lima. Personas de oficio común como los del Poder Judicial, maestros de escuela, empleados bancarios, albañiles, arquitectos, comerciantes de vestidos y zapatos, plateros, herreros, fundidores, redactores, linotipistas y hasta barberos. Increíble, este viejo los menciona con orgullo uno a uno y no se cansa de nombrarlos, me dije.

El viejo intentó seguir con su camino y noté que cojeaba, ¿desea ayuda caballero? No te preocupes es una vieja dolencia que me aqueja desde aquel 15 de enero, fuego de artillería me perforó el fémur y a pesar de que quería ya no podía combatir, dicho esto el anciano derramó una lágrima, tan solo una, ni una más. Qué tontos fuimos, hicimos diez reductos y tan solo combatieron tres, cuánta sangre valiente se derramó, qué es mi sangre a comparación de la de ellos.

Nos masacraron en San Juan, solo un puñado salvó la honra en el morro de Chorrillos, leí lo que escribiste del chico Augusto Bolognesi, te faltó hablar de su hermano Enrique, que a pesar de pelear junto a su padre en Tacna vino a resistir a Lima y tras ser herido en San Juan no dudó correr a resistir en Miraflores, no sé si cabe la expresión, pero fue tan o más valiente que su padre. Me encantó lo que escribió un caballero de nombre Ricardo Manuel Palma en una de sus tradiciones sobre aquél viejo coronel, padre de estos valerosos hijos, le invito a leerlo jovencito, me dijo con una sonrisa.

Al instante, un niño se acerca y deja unas flores al monumento a Cáceres instalado en dicho parque miraflorino. Por favor, toma esas bellísimas flores y déjalas en el reducto, ese ramo no me pertenece sino a Ramón Ribeyro y a su regimiento que cayó aquí, sigo siendo coronel y no mariscal como dice la estatua. Dicho esto, aquel viejo enterró su espada en el parque y esperó sentado a que los niños vengan a jugar.

Parque Reducto, Av. Benavides - Miraflores
Mientras me alejaba pensativo él me grito: Marchamos, luchamos, sangramos y morimos por ellos, los niños. No dudé en dar media vuelta mientras abría mi mochila y saqué un libro de la Palabra del Mudo, el viejo vio el nombre del autor y no dudó en extenderme la mano, tras entregarle el cuento no supe si devolverle el saludo o darle un fuerte abrazo, solo atiné a decirle 15 de enero 1881, batalla de Miraflores, no olvidamos ‘Taita’, jamás olvidamos...


Curayacu: la playa peruana que fue chilena

¡Viva Chile!, se escucha fuerte en las puertas de Lima y es que el ejército sureño ya está aquí y nada pudo hacerse para evitar que desembarcaran en una caleta al sur de la capital llamada Curayacu, playa que hoy aún existe y es utilizada por muchos veraneantes para permitirse un respiro y vivir un día de tranquilidad, cuando el 22 de diciembre de 1880 se convirtió en una fecha de terror.

Curayacu parecía un lugar inhóspito como si no formara parte del Perú, ningún limeño o provinciano se apresuró a impedir el desembarco de la ‘estrella solitaria’. Chile está aquí y hace notar su imponente y desafiante presencia con arengas y cantos de sus regimientos. Y es que son tantos, miles de soldados pisan tierra y yo aquí, escondido entre las rocas sin poder hacer nada.

Ver a diversos batallones elevando al viento banderas chilenas era desgarrador. No hay un solo peruano quien se indigne si quiera ante tal osadía, ¡ni uno solo! No tengo mucho dinero pero si el suficiente como para sacar a mi familia de Lima y huir del país, es una sabía decisión. Tal vez cuando esto acabe podamos regresar y reconstruir lo que se perdió.

Mientras debatía si quedarme en Lima o escapar, pude ver como descargaban su artillería, ¡Dios mío!, jamás había visto estos cañones, se ven pesados y potentes. Aquí ya no hay guerra concluí, será una carnicería, la cantidad de armamento y soldados que desembarcaban era impresionante. No hay más que decir, debo huir.

Saliendo temeroso de mi escondite decidí regresar a Lima, mi casa ubicada en la calle Mercaderes hoy Jirón de la Unión es mi destino. Las pocas casas que se encontraban cerca del lugar estaban desiertas, los pocos lugareños optan por irse llevando consigo lo que puedan cargar. Todos huyen, nadie se queda.

Playa Curayacu actualmente
Ya estaba lejos de aquella playa y aún se podía escuchar sus gritos de victoria, era tarde y las luces de sus fogatas iluminaban el cielo. La caballería ha pisado tierra, sus galopes estremecen el suelo por donde pisan. Estaba decidido a escapar y comencé a apretar el paso, nada me haría cambiar de opinión, mi familia es primero y aquí ya no se trata de defender una bandera, ni mucho menos de patriotismo, aquí está en juego la vida de civiles, mujeres, ancianos y niños sufrirán las consecuencias.

A medida que llegaba a mi destino más convencido estaba en salir del Perú, algunos vecinos de Lima se apresuran a tomar un arma o lo que sea que pudieran utilizar para defenderse, pues se han inscrito en batallones de reserva. Gente de distintas partes del país han llegado, algunos han formado sus  compañías con su propio peculio. ¡Tontos!, les gritaba, no saben lo que vi.

A pocas cuadras de mi casa muchos jóvenes corren a alistarse en algunos regimientos, uno de esos jóvenes era mi hijo… ¿Qué crees que estás haciendo?, le pregunté molesto. Padre la patria me ha llamado y como hijo de esta tierra es mi deber defenderla, me dijo con un arma en mano. Era el revólver de mi padre quien lo utilizó en el combate del dos de mayo de 1866.

Tomé fuertemente el brazo de mi hijo frenando su entusiasmo. ¡No puedes impedirlo!, me gritó, no soy un niño… Eres mi niño lo interrumpí, con la voz entrecortada. En una guerra de esta magnitud el enemigo no perdonará, no clasificará entre civiles y militares si disparas contra ellos. Te matarán antes de que puedas hacer el primer disparo, le expliqué.

¡Esta pistola tiene más que balas!, me respondió, y entregándome el revólver mi hijo se marcha a uno de los batallones de reserva.

Nada pude hacer, pues es él es un hombre y su palabra se ha vuelto ley, su convicción  en promesa y su orgullo en patriotismo. Examinando el arma me doy con la sorpresa que no tiene ni una bala cargada.  Entonces y solamente entonces abrí los ojos y entendí que esa pistola que perteneció a mi padre llevaba algo más. Mi hijo tenía razón, este revólver no tiene balas pero tiene algo más poderoso que ningún fuego de metralla jamás tendrá: ideales.


Regresé a casa y pedí a mi familia que busque resguardo en algún convento, iglesia o barco extranjero, que buques neutrales que han venido observando el desarrollo de esta guerra. ¿A dónde vas?, me dijeron con temor. Tomé la bandera que había tejido mi esposa y despidiéndome con un hasta pronto pronuncié: ¡Con mi hijo, a defender este hermoso cielo, este mar azul y esta milenaria tierra! 

sábado, 2 de enero de 2016

Manuel Bonilla: El niño del reducto tres 
(Segunda parte)

Disfrutamos como nadie los caramelos mientras nos mirábamos sonrientes. Quién lo diría, una conversación con un niño de trece años fue lo mejor que me ha pasado en estos días de suspenso. Jamás había sentido tanto placer intercambiar palabras con un chiquillo. Mientras lo observaba pensaba cómo pudo un muchachito que es casi del mismo tamaño que su fusil haber llegado a ser un defensor de Lima.

Tanta ternura me había inspirado este pequeñín que empecé a llamarlo Manuelito y antes de que pudiera preguntarle cómo hizo para para llegar hasta Miraflores, él saca un cuaderno bien cuidado y tomando un lápiz de su bolsillo comienza a escribir. ¿Qué haces Manuelito?, le pregunté, mientras miraba sus trazos precisos obteniendo una letra maravillosa.

Hago mi tarea señor, me respondió con entusiasmo. Espero poder terminarla y entregarla a tiempo al profesor cuando vuelva al colegio, continuó. ¿Dónde estudias?, pregunta que fue respondida con orgullo: ¡Colegio Guadalupe!

Es tan solamente un niño y me responde como todo un hidalgo, bien educado con palabras perfectamente pronunciadas, los balbuceos propios de un muchachito de su edad quedaron atrás, estoy hablando con todo un hombre. Apenas lo conocía y ya lo quería como si fuese un hijo.

No pude evitar mirar su ropa rasgada y zapatos desgastados, sin embargo su fusil se mantenía pulcro, cuidado con un amor impresionante. Este niño representaba un patriotismo que ni yo tenía, la esperanza de todo un país recae en ese impecable rifle y su pequeño portador. Este pequeñín tal vez no lo sabe pero la sangre de Grau y el viejo Bolognesi corren por sus venas.

Ya era muy tarde y la oscuridad nos abraza, Manuelito coloca con asombrosa destreza la bayoneta en su rifle, se sacude el polvo y guardando su cuaderno en su bolso me dice: Mi coronel Narciso de la Colina me espera en el reducto número tres. Espero él no esté disgustado conmigo por no estar en mi puesto…

El señor Narciso de la Colina debe estar orgulloso, no molesto, interrumpí al niño, te doy mi palabra. ¿Cómo está tan seguro? Me preguntó Manuelito con ternura. Porque eres Manuel Fernando Bonilla, el niño héroe más valiente del Perú, le respondí con una sonrisa. Y estrechándome la mano el pequeñito se retiró marchando.

Nunca pude preguntarle por sus padres pero no creo que eso hubiese sido necesario, estén donde estén se deben sentir orgullosos. Mientras observaba al niño que se perdía en la lejanía, noté en tan solamente un parpadeo un detente con la imagen de Santa Rosa de Lima en el suelo. ¿Se le habrá caído o se le habrá olvidado?, tomando fuertemente la hermosa imagen en mi mano, no pude hacer más que cerrar el puño y creer que la dejó para mí.   
  

miércoles, 16 de diciembre de 2015


Una raza patriota casi extinta

“De todos modos tengo la seguridad de que si no triunfamos, que si los chilenos no reciben su castigo aquí, que si no hacemos de Arica un segundo Tarapacá, la defensa será de tal naturaleza que nadie en el país desdeñará en reconocer en nosotros sus compatriotas, y que los neutrales no dejarán de reconocernos como los defensores de la honra e integridad de nuestra patria. Arica no se rinde, ni las banderas se despliegan para abandonar la plaza, por el contrario, resistirá tenaz y vigorosamente, y cuando la naturaleza cede, obedeciendo a leyes físicas, los invasores pondrán su planta en un suelo que está cubierto de cadáveres y regado por sangre peruana. Sus defensores prefieren la muerte a la deshonra, la gloria, a una vida que les hubiera sido insoportable si no hubieran aprovechado del último resto de ella para escarmentar al enemigo, y levantar más alto el pabellón nacional”.

Que hermosa carta Ramón a ¿quién se la escribiste, a un familiar o tal vez un amigo? Está llena de un profundo sentimiento que me es imposible describir. Estás a pocos meses de cumplir veintisiete años, ¿qué haces aquí en Arica escribiendo esto desde un frío morro? El enemigo está muy cerca, algunos libros de historia dicen que el invasor presentará batalla con 6 mil hombres y otros documentos certifican que son 4 mil, no importa el número Ramón la diferencia es considerable, sabes que nuestro ejército a duras penas llega a los 2 mil solados, la suerte de esta plaza está decidida. Sé bien que no eres militar de carrera sino un próspero empresario, lo tuyo es el comercio, el negocio del salitre es tu fuerte y tienes que mantener a tus hermanos, tu padre dejó este mundo y tú eres el sostén del hogar.

Un antes y después del Morro de Arica
Tu hermano Pedro José es tan obstinado y terco como tú y se ha enrolado en la defensa de la patria, sé que acumulaste gran fortuna y eres un hombre acaudalado.  ¿Que tu hermano y tú pusieron a disposición su fortuna para la formación de un batallón y la compra de armamento? Mira la situación Ramón ya hiciste demasiado, participaste en la batalla de Tarapacá el 27 de noviembre de 1879 y ayudaste junto al Taita Cáceres en la captura de cañones enemigos, quién puede poner en tela de juicio tu valentía.

Estuviste en Chile Ramón y sabes bien que es una nación con futuro prometedor, no es sabio combatir con el mal hermano que puso su pie en nuestro territorio, su poder y armamento hace estremecer el suelo por donde pisa. Eres joven muchacho y sé que el viejo Bolognesi no gritará Arica no se rinde si hablas con él y le pides que escuche la palabra de los jóvenes que se encuentran acantonados aquí. El viejo coronel te oirá y no plantará cara al enemigo, tienes una vida por delante y eres una promesa para la patria, él lo sabe bien y eso le preocupa.

Tu amigo Alfonso Ugarte ha preparado una cena para ratificar el juramento de sacrificio. Eres necio Ramón no vayas, hay muchos jóvenes igual que tú, ¿quiénes quedarán para reconstruir la patria? No sé si lo sabes pero los refuerzos que tanto espera Bolognesi no vendrán, Segundo Leiva nunca respondió los telegramas desesperados que nuestro coronel enviaba, están solos y con las horas contadas.

Los chilenos temen caer en las minas instaladas en todo el morro y sabiamente han enviado un mensajero a parlamentar tu rendición, cómo es de extraño el destino Ramón, el parlamentario chileno es José de la Cruz Salvo quien es amigo de tu hermano Pedro. ¡Pelearemos hasta quemar el último cartucho!, fue la respuesta del viejo Bolognesi, te vi apretar el puño y respirar profundo, así que esta es también tu decisión, qué puedo hacer para convencerte que será en vano. Y si te digo que el enemigo pondrá bandera invasora en Palacio de Gobierno, que incendiará Chorrillos y Barranco, que marchará victorioso por el Jirón de la Unión y saqueará cuanto pueda, que aniquilará civiles en Miraflores y que los hijos de tu coronel morirán por la defensa de Lima, ¿aun así pelearás?

Nunca volteaste a mirarme Ramón, tan solo atinaste a tomar tu sable e ir a tu puesto de combate. Te vi nacer un 31 de agosto de 1853 en la hacienda Puquio de San Isidro ubicado en Tarapacá, sé que tu padre se llamaba Nicolás Zavala y tu madre Manuela Suárez quien era hija de un héroe de la Independencia. Te conozco bien Ramón, tanto como para saber que esta será nuestra última plática.

Se te asignó a dirigir el batallón Tarapacá número 23 y te vi arengando a tus compañeros. Tomaste un caballo y con sable en mano recorriste todos los lugares en donde creíste que tu presencia era necesaria. ¡Detente Ramón!, el enemigo nos ha vencido, masacra y repasa a tu gente, no hagas de este 7 de junio de 1880 un día cualquiera, conviértelo en el día del titán del morro y sus bravos defensores, impón en el corazón de cada joven peruano orgullo desmesurado e identidad que ha perdido.

Te vi cabalgar firme hasta que una bala te atravesó el pecho y te derribó encegueciendo tu afán de conseguir una victoria imposible. Nunca fuiste un militar pero te batiste como un experimentado guerrero, dejaste las comodidades y te sumaste con entusiasmo a la causa, la patria te llamó y no defraudaste. ¿Dónde estás ahora Ramón Zavala? Creeré entonces en las palabras del gran historiador Jorge Basadre al describir a gente como tú: “Eran hombres de trabajo, muy unidos al pueblo, pues hasta se divertían con ellos, muy peruanos en sus hábitos, sus ideas, sus gustos, sus afanes. Quizás allí hubiera estado el germen de una nueva clase conductora celosamente patriota que no tuvimos”.

martes, 15 de diciembre de 2015

El niño del Reducto 3

Un día más y la zozobra  nos mantiene tensos, todos callan nadie se atreve a pronunciar palabra alguna. Los que antes celebraban el inicio de esta guerra ahora están preocupados, algunos se niegan a dejar a sus familias, otros valientemente han venido aquí a oponer resistencia. Sea cual sea la actitud de los nuestros la suerte está echada.

Nos calma un poco la idea saber que diversos batallones provenientes de todos los rincones del Perú están llegando, no sé si agradecerles por venir o llamarlos insensatos, no saben a lo que se exponen. Ver a los pedazos de regimientos que pelearon en las campañas del sur regresar heridos y moribundos es un impacto tremendo, desalentador por llamarlo de alguna manera. Observar sus rostros me hace cuestionar el propósito de esta resistencia, ¿servirá?, ¿podremos defender Lima? Solo Dios lo sabe y espero que esté de nuestro lado.

Es 14 diciembre de 1880 y aunque la Navidad está a la vuelta de la esquina nadie habla de ella, estos días me vuelven nostálgico, dejar a mi familia en Lima y no sentir el calor del hogar común, acaban con mi poca voluntad de permanecer aquí en Miraflores en donde rápidamente se nos dio la orden de construir reductos. Tal vez si ayudo con empeño a construirlos mitigue esta inmensa tristeza.

A medida que construimos nuestros bastiones me doy con la sorpresa de que habíamos cometido un terrible error. Nuestro presidente, Nicolás de Piérola, mandó a construir estos mismos reductos en Ancón, concluyendo que el ejército chileno, como en campañas anteriores, venía por el norte, así lo explica mi oficial a cargo de defender este punto. Es un abogado y ha nombrado este regimiento como Reducto número 2.

Se nos comunica que se construirán diez de estas trincheras y que perteneceremos a la segunda línea de defensa. La primera línea ubicada en San Juan y Chorrillos la compondrá lo que ha quedado de nuestro ejército, me tranquiliza saber quiénes estarán a cargo de proteger esas defensas: el valiente Miguel Iglesias, el correcto Justo Pastor Dávila, el viejo y honesto Belisario Suárez, ‘el león de Pisagua’ Isaac Recavarren y por si fuera poco, el símbolo de nuestra resistencia, Andrés Avelino Cáceres Dorregaray.

Nuestro comandante quien es un conocido y prestigioso abogado nos da la orden de pasar el rancho. Mientras cocinábamos un guiso a base de papa y un poco de carne me enteré con la sorpresa que nuestro comandante de nombre Ramón Ribeyro donó parte de su dinero para la compra de un acorazado tras la caída de nuestro buque insigne, el Huáscar. Lamentablemente esa adquisición nunca se pudo concretar. La historia no será ingrata con este ilustre abogado cuyo apellido lo portará también un reconocido y querido cuentista.

Acabado el almuerzo decidí caminar un poco, topándome con un niño que dormía abrazado de su fusil. Al notar mi presencia el jovencito se despierta y con una mirada enternecedora me pide que no lo reprenda por su relajo. Qué haces aquí muchachito, le dije un tanto enojado. ¿No sabes que estamos en guerra?, ¡vete a casa! El niño tomó su rifle manejándolo como si fuera parte de su cuerpo y con voz firme me respondió: ¡No puedo señor!, se me encomendó defender el Reducto Número 3 a cargo de mi comandante Narciso de la Colina… ¿Narciso de la Colina?, ¿el también abogado y constructor de los ferrocarriles en Tarapacá está a cargo de esa trinchera?, lo interrumpí. ¡Sí señor!, me respondió el pequeñín en el acto y mientras tomaba sus pertenencias el niño decidió retirarse no sin antes estrecharme la mano como todo un caballero.

Me gustaría que platiquemos un rato le dije, nadie te regañará, le aseguré. Y obsequiándole unos caramelos que tenía en mi bolsillo el jovencito aceptó y mientras disfrutaba sentándose a comer los dulces le pregunté con mucha curiosidad quién era aquel muchachito cuya destreza con el rifle lo asemejan a cualquier veterano que haya participado en incontables batallas.

Ahora sabrás de quien se trata cada vez que pases por ahí
¡Manuel Fernando Bonilla Elhart!, me respondió poniéndose de pie y con saludo marcial. Tengo trece años y he venido a defender a mi patria. Tal ferviente presentación me llenó de orgullo, coraje y valor. Saqué de mi bolsillo más caramelos y los dos nos sentamos un momento a comer y conversar…